Con tu caricia mataste
de amarte todas mis ganas, 
de vivir por las mañanas,
mi piel tú la desgastaste.
Mi sonrisa me robaste
agrediendo mis sentidos,
mis hábitos más queridos
se convirtieron en dudas
y en aquellas noches mudas
me tapaba los oídos.

Por mis hijos, pensé yo
pero el error era grande
y ya no hay nada que ablande
todo aquello que dolió.
Pero tu mal no mató
la gran mujer que hay en mi
y así me reconocí
poniendo tierra por medio.
Y aun soportando tu asedio
muchos años más viví.

Lágrimas del corazón
que de los ojos ya fueron
y tan duro me dolieron
que yo perdí la razón.
Y era tal mi cerrazón
que soportaba tu herir
mas en ese sinvivir
se hizo más grande mi alma
y así me llegó esta calma
la de estar lejos de tí.

¿Mi dolor valió la pena?
Me he preguntado mil veces
pero superé con creces
aquella horrible condena.
No lo dudes, mujer, frena
ese miedo que atenaza
tus sentidos, que amenaza
tu integridad y acelera.
Pues no hay ninguna manera
de cambiar al que maltrata.

Beatriz Barragán Fernández © 25.11.2020

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