A veces las objeciones al todo no nos dejan ver, valorar, o extraer lo más valioso en una relación.

Te lo dije y no me escuchaste, ya sabía yo que lo nuestro no iba a funcionar, no como tú querías, no como yo pensaba.

Éramos y somos tan diferentes que la atracción se supera a sí misma por entenderse extraordinaria, porque los polos opuestos se atraen por muy tópico que resulte.

Jamás pudimos complacer las expectativas del otro en lo cotidiano, pero una palabra susurrada al oído, una caricia disimulada o una mirada cómplice nos bastaba para arder, en un fuego tan único que valió la pena consumirse en él.

Ese fuego seca todas las lágrimas derramadas y regresa a nuestras vidas para recordarnos que la vida es eso, más fuego que lágrimas, más alegría que objeciones, más pasión que decepción. 

Aprender en el amor, siempre es una opción. Quedarse con lo bueno, aunque no funcione una relación.

Aprendí que para tí la risa no ha de faltar en la felicidad y el día que tu risa se apagó mi alma se oscureció a tu lado, aun así me enseñaste que la risa se recupera con paciencia, esperando activamente que las cosas se recompongan y dejando atrás la oscuridad ante la luz de la esperanza de un nuevo momento de felicidad.

Hiciste que creásemos esos momentos de felicidad en situaciones en las que nunca hubiera imaginado que se podrían llegar a producir.

Dejarse llevar por tu energía no era difícil, aunque muchas veces no sintonizásemos la misma frecuencia, había algo que siempre nos hacía sintonizar en la pasión que tanto bien nos hacía . 

Llegar a soñar despiertos con los ojos cerrados a lo que nos rodea, solamente concentrados en escuchar nuestras voces, entrecortadas solamente por otra voz más alta convertida en grito de placer.

Desnudarnos los pensamientos a golpe de mirada para descubrir que ahí sí sintonizamos en todo, en todo lo que deseamos el uno del otro sin más preguntas, sin más esperanzas, sin más…

Beatriz Barragán Fernández  ⓒ 15.02.2021

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